Abrí los ojos, levanté mi cuerpo de la cama,
caminé cual sonámbulo hacía la ventana;
mientras daba un paso y otro sentía tu voz,
-exclamaba-: ¡abre la puerta gorda, muero de frío!.
Y estabas tú allí,
respire tan cerca de la luna que empañé los vidrios,
-¡quiero que subas!-
«susurré a media lengua».
Dejé correr las persianas y bajé,
te abrí la puerta, estabas tan helado.
y yo quería que me abraces fuerte, (dentro de mi cama),
es casi como si los años que no te he visto,
no hubieran pasado;
¡cómo me devoraba tus labios!,
tú saliva me parecía tan deliciosa.
Ver con que pasión te quitas la ropa,
me hizo recordar la última vez que hicimos el amor,
y sentir tu piel fue volver a vivir.
Lástima tuve que frenar nuestro encuentro, mi despertador cayó cerca de la puerta; en esos vaivenes de lujuria y pasión en los que me mordías las piernas, sentía que la vida iba y venía; con mucha pena y frustración por el sonido que desprendía el golpe hacia la puerta; tuve que abrir los ojos, estaba en una casa sola, -con muchas ganas de ti- y tú estás en París felizmente. Sin tener una idea que me muero por amanecer con tu absoluta presencia, todos los días.
Al menos eso es lo que mi cerebro hace creer a mi subconsciente, pero mi teléfono y tus llamadas dicen lo contrario...
*Mi humilde versión de Carrie y Mr. Big, cuando viajó a París*
